Diego González Bonilla
02
de Octubre de 2012
Especialidad en Antropología y Ética
Universidad Panamericana
En nuestros tiempos es muy común
escuchar a las personas decir, cuanto dinero gastaron en bienes materiales, en
vicios y actividades lúdicas. Que al parecer les trae una felicidad
momentánea, la cual ayuda a sentirse
bien consigo mismo en un plano meramente terrenal y sin trascendencia.
Si nos basamos en el enunciado
anterior, podríamos decir que: “La felicidad proviene entonces, de cuanto
poseemos materialmente, y que tanto nos dejamos guiar por los placeres mundanos
y el desenfreno. Dejando a un lado la razón, lo cual nos diferencia de otras
especies y dejándonos llevar por el instinto”.
Si esto fuera cierto no podríamos diferenciarnos de otras
especies, al no utilizar la razón, el ser humano tiene la facultad de poder
decidir sus actos y saber cuales son sus consecuencias, es por eso que a
diferencia de otras especies el ser humano no llega a la felicidad tan solo con
los placeres y vicios que se ofrecen al día a día, ya que el esta creado para
poder razonar, este es su medio para poder llegar a ella. Mas sin embargo
las pasiones y el placer no siempre concuerdan con la racionalidad:
no son en si negativas, pero deben estar en la armonía y en la medida que la
razón les dicta.
El hombre al ser racional no puede
actuar mal, por que es el principio básico de su creación, si actúa mal es por
ignorancia, nadie puede hacer el mal voluntariamente. Por ejemplo un ladrón
roba dinero de un banco pensando que esta haciendo un bien a si mismo, sin
pensar en el daño que esta causando su actuar, eso se llama error intelectual o
ignorancia.
La sabiduría se forma conociéndonos a
nosotros mismos, formando nuestra personalidad y cuestionándonos el porqué de
las cosas y de nuestro actuar. Después de habernos conocido debemos de poner en
práctica las virtudes para poder ser feliz, dejando a un lado las pasiones,
placeres mundanos y dándole preferencia a lo bueno y al equilibrio.
El planteamiento de Sócrates sobre la
felicidad o también llamado Eudemonismo es alcanzar el conocimiento del bien para
poder alcanzar la felicidad. Para poder llegar a la felicidad aparte de conocer
el bien también se tiene que ser capaz de vivir en plenitud siendo capaz de abandonar
las pasiones y acercarse al estado divino. Este estado se caracteriza, por
carecer de necesidades materiales y no aferrarse a ellas. Ya que el
utilitarismo convierte al hombre en un esclavo de los vienes materiales y eso
va en contra del autodominio que plantea Sócrates.
Otro de los retos del ser humano es
evitar dejarnos llevar ante el mero placer terrenal ya que este es solo un
impulso corpóreo y debemos controlar este tipo de deseos para poder usar la
razón y saber si en verdad es bueno lo que estamos haciendo o es malo.
Para poder llevar acabo esta tarea es
necesario el uso de la continencia, ya que nos permite estar en pleno
uso de nuestra libertad y poder realizar las acciones que tiendan
al bien. La continencia llevada a la práctica en el plano de las virtudes,
se puede llamar templanza ya que es un principio fundamental de la sabiduría
práctica, ella nos permite obrar de buen modo sin que se vea afectado nuestro
juicio. Y nos permita estar más cerca de lo divino y lo perfecto, y para
alcanzarla debemos por tanto ir en busca de la sabiduría y esforzarnos por hacerse
a uno mismo lo más bueno y sabio posible, para ser capaces de
gobernarnos a nosotros mismos y con esto poder llegar a la sabiduría, mediante
la continencia, la cual nos dará una libertad que nos hará felices, ya que si
se actúa conforme a las virtudes seremos mas perfectos.
Por tanto hacia aquello que nos debemos
estar encaminados, es a hacernos capaces de sobreponernos a la esclavitud del
placer que se presenta como inmediato, mediante la continencia y así siendo
libres, poder ser capaces de reconocer bienes mayores como la contemplación.
La felicidad consiste en la ciencia
del bien y en vivir conforme a la razón y en la práctica de las virtudes. Si la
razón y las virtudes van de la mano significa que todas las virtudes se pueden
reducir en sabiduría, mas sin embargo
tiene que ser puesta en práctica para que se forme un hábito.
El deber del hombre,
es investigar el bien, y conformar su conducta con este bien moral una vez
conocido. El conocimiento de sí mismo, y el esfuerzo constante para dominar sus
pasiones y malas inclinaciones, sujetándolas a la razón, son los medios para
conseguir este resultado, o sea para adquirir la perfección moral, en la cual
consiste la verdadera felicidad del hombre en la tierra.
Existen dos clases de virtudes: Adquiridas por
costumbre y las racionales. Ambas expresan la excelencia del hombre y su
consecución produce la felicidad, ya que ésta última
es "la actividad del hombre conforme a la virtud".
Las primeras
virtudes son adquiridas a través de la costumbre o el hábito, y consisten fundamentalmente,
en el dominio de la parte irracional del alma y regular las
relaciones entre los hombres. Las virtudes éticas más importantes son:
-
La prudencia: Es la
virtud de saber decir y actuar las cosas en su momento y en su lugar conforme a
la razón.
-
La justicia: Es
obrar siempre de igual manera siendo coherentes, dándole a cada quien lo que
merece.
-
La templanza: Nos
ayuda a regular la atracción a los placeres mundanos. Con estas virtudes y
mediante, la piedad y la contemplación podremos llegar a la felicidad eterna.
La segunda corresponde a la parte racional del
hombre, siendo, por ello, propias del intelecto o del pensamiento. Para poder
adquirirla se tienen que aprender sobre ella, es por eso que es una virtud
racional. También la podemos llamar inteligencia o sabiduría
Ambas virtudes van asociadas ya que
para poder poner en práctica las virtudes adquiridas con el hábito, primero es
necesario indagar de el porqué de ellas de una manera racional.
Con los supuestos pasados entonces
podemos definir que: El bien es obrar según la razón; la razón es igual a la
virtud; y la virtud es igual a la felicidad.
Con todos los argumentos dados en
este ensayo, podemos responder a la hipótesis planteada al principio, podemos
decir que con todo respeto, es una tontería decir que la felicidad se encuentra
en los placeres terrenales, ya que cuando dejemos de existir lo único que nos
llevaremos es lo espiritual.
Lo material es meramente un medio
para poder desarrollar las actividades diarias, mas no es el fin de la
felicidad. El hombre necesita vivir en armonía y en perfecto balance entre los
placeres y la razón, ya que si el placer esta afectando a la razón, afecta de
igual manera a las virtudes y si afecta a las virtudes, afectan al ser humano.
Cuando dejemos de existir, de que nos servirá haber acumulado tantas riquezas o
bienes materiales, si en la siguiente vida lo que importa es la purificación
del espíritu.
Mientras mas conozcamos el porqué de
nuestra existencia, será más fácil encontrar la felicidad eterna, que viene con
el conocimiento de los valores y las virtudes de los seres humanos, ya que son
la mayor fuente de bienestar y felicidad. Un justo puede tener la conciencia
tranquila, ya que no cometió ninguna injusticia de la cual pueda ser juzgado.
El fin del ser humano es la felicidad
eterna y esta solo se encuentra en el fin último, es por eso que nuestro actuar
diario definirá si podemos llegar a contemplar la felicidad eterna, mediante el
uso de la recta razón y de nuestros actos. Una de las herramientas más útiles es
la formación del carácter a temprana edad y vivir una vida coherente,
equilibrada en los valores y pensando en el fin último
Así es como se pone en práctica lo
aprendido en este ensayo, si se quiere llegar a la felicidad es mediante el uso
práctico y teórico de las virtudes.
Los placeres mundanos son solo una
prueba, para saber si podremos llegar a contemplar la felicidad eterna. Para
ello es necesaria la formación del carácter de la persona, y dominar el impulso
de dejarnos llevar por lo fácil y lo mundano.
Bibliografía:
1- Platón. Diálogos Socráticos. Clásicos
Jackson. W.M. Jackson Inc. México, 1968.
2- Antonio Gómez Robledo, Sócrates y el Socratismo, Bernabé
Navarro B.
3- El más sabio de los atenienses, Vida y
muerte de Sócrates, Pérez De Laborda, Miguel, Ediciones Rialp, S.A.




